Después de
su polémico “Doce mitos sobre la guerra contra el narco”
(Nexos, enero 2010), Joaquín Villalobos regresa en
agosto con “La guerra en México”, un artículo que, leído en
frío, podría parecer una provocación.
Digo en
frío, porque algunas de sus tesis son… escalofriantemente frías:
• La
violencia y el tiempo no son por ahora indicadores de victoria o
fracaso, sino del tamaño del problema.
• No es
sensato demandar que en tres años acabe la violencia de unos
grupos criminales que poseen miles de millones de dólares,
decenas de miles de armas y miles de bandidos que han aprendido
a matar.
• La
guerra la impusieron los criminales con sus matanzas, que se
convirtieron en un reto a la autoridad; el Estado no podía
limitarse a ser árbitro. Por lo tanto, que haya crecido la
violencia al intervenir el gobierno y enfrentar a los cárteles,
es algo totalmente lógico e inevitable.
Desde esa
lógica preparémonos, pues, para seguir contando muertos.
Tenemos, según el gobierno federal, 28 mil entre el 1 de
diciembre de 2006 y el 3 de agosto de 2010. Según MILENIO,
el incremento de ejecuciones en los siete primeros meses de este
año respecto de los siete primeros de 2009 fue de 73 por ciento.
De mantenerse esa tendencia, 2010 cerraría con cerca de 14 mil
muertos.
Y como
esta violencia es totalmente lógica e inevitable, y no hay por
qué demandar que termine pronto, con las cifras actuales uno
puede hacer las proyecciones que quiera: 15 mil ejecutados en
2011, 20 mil en 2012, 70 mil en el sexenio.
Y 70 mil
mexicanos muertos, o más, no serían siquiera indicadores de
victoria o fracaso, sino del tamaño del problema.
No, eso no
puede estar bien. Con todo respeto para el comandante
Villalobos.