Enrique
Peña Nieto cuidó que sus entradas y salidas del Congreso y el
Teatro Morelos no rebosaran de señoras extáticas, matracas ni
burócratas carialegres. Optó por el músculo palaciego y preparó
su quinto informe de gobierno como un recital para un grupo
selecto que, además, presumiera el gafete de invitado.
Viajaron a
Toluca 13 de los 18 gobernadores priistas. Por las lluvias, se
entiende la ausencia de los de Veracruz y Tabasco. Y por la
catástrofe, la de los de Tamaulipas y Durango. El de Nayarit ya
no suma. Trece, más él, más el jefe de Gobierno del DF, son 15
mandatarios en un informe local. Más la jerarquía del PRI
completita. Más Francisco Gil Díaz, Guillermo Ortiz, Carlos Hank
Rhon. Más, más, más. Nadie podría convocar hoy a tantos a una
autocelebración.
El ex
gobernador Natividad González Parás explicó así el tamaño de la
convocatoria: “Es mucho lo que Enrique Peña representa para los
mexicanos”.
Quizá no
para los mexicanos, sí para los priistas urgidos de revancha y
poder. Voz cantante, Peña Nieto soltó un enigmático “veamos
hacia delante, no a la restauración del viejo régimen”, que
aplaudieron el senador Manlio Fabio Beltrones y el cetemista
Joaquín Gamboa Pascoe; Beatriz Paredes y Roberto Madrazo, y
también cada uno de los jóvenes gobernadores, en funciones y
electos.
“Extraordinario mensaje”, calificó el líder de los diputados
federales Carlos Rojas. “Pudimos ver la calidad de su
administración en estos cinco años. Una obra grandiosa, que no
ha recibido atención de los medios”.
La
república priista a los pies del hombre que promete devolverles
el futuro. Si como en el viejo régimen, Peña Nieto les hubiera
preguntado qué hora era, le habrían respondido en coro: “La que
usted diga, don Enrique”.
gomezleyva@milenio.com